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lunes, febrero 23, 2026
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Hace 30 años, Colosio escribió con mi pluma

SERGIO ARMANDO López-Castillo

Este 23 de marzo se cumplen 30 años del homicidio de Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del PRI, en Lomas Taurinas, Tijuana. Su asesino confeso, Mario Aburto, ha estado en la cárcel desde entonces; está condenado a 45 años tras un “manoseado” proceso penal federal.

La expectativa en el país iba creciendo al escucharse su nombre y sus ideas en aquel año de transición de 1994, a pesar de que el subcomandante Marcos y el “ejército” zapatista, y muchos de sus integrantes con armas de palo en Chiapas, habían opacado su campaña presidencial, al menos en la mayoría de los medios de comunicación nacionales y extranjeros.

La primera semana de marzo del aciago’94, durante la celebración de un aniversario de la fundación del PRI, como aducen muchos, había “signado” su sentencia de muerte frente al Monumento de la Revolución en la Ciudad de México, por desmarcarse públicamente del “sistema”.

Acabar con los privilegios del poder público y político, erradicar la “sed de hambre y de justicia” del pueblo mexicano, fueron algunas de las sentencias que Luis Donaldo Colosio Murrieta hizo en ése y otros actos de campaña; lo que sugería un rompimiento con la vieja y anquilosada clase política de la otrora “dictadura perfecta” que fue el Partido Revolucionario Institucional que lo había postulado para presidente.

ÉL era de discurso franco, norteño, auténtico, sin ambigüedades en la propuesta de alejar al gobierno que encabezaría, del lastre de la corrupción, el favoritismo y de la eterna deuda social con los pobres del país.

Colosio cada día gustaba y “pegaba” mejor entre los mexicanos, no obstante, la “contracampaña” de Manuel Camacho Solís (+) para disminuirlo, por la incontrolable soberbia que lo invadió al no ser elegido candidato luego de aquella “incendiaria” alocución en el centro del país, día que marcó su trágico fin.

Para estas fechas, hace treinta años, Colosio Murrieta programaría sus giras de campaña por el norte de la república, apoyado más por el chihuahuense Liébano Sáenz –amigo y secretario particular – que por el mismo Ernesto Zedillo Ponce de León, quien era el coordinador oficial de su campaña.

Estados como su natal Sonora, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua y Baja California Norte, se preparaban para recibirlo como su abanderado y “paisano”, porque su gente estaba segura de que sería el primer presidente de México norteño en el cual no sólo esa parte de la nación, sino el resto del territorio, sembraría todas sus esperanzas de un porvenir mejor.

Como a muchos que he leído y escuchado en diversas partes, Luis Donaldo Colosio me parecía un hombre diferente a los que, como reportero, había entrevistado y cubierto eventos, conocido y analizado.

Pero más que eso, como ciudadano común, el candidato sonorense también me había entusiasmado para apoyarlo en su cruzada por el voto azteca que lo haría presidente.

El carisma, sencillez, elocuencia y magia que poseía, contagiaba de inmediato sólo con verle a sus brillantes y sinceros ojos, y al apreciar su sonrisa franca, siempre acompañada de un saludo honesto, verdadero que uno sentía al estrechar su mano.

Comenzaba la segunda semana de ese fatídico mes de marzo hace hoy tres décadas. Después de Sonora y Chihuahua ya estaba marcada la visita a Tijuana, Baja California norte y su mitin trágico en “Lomas Taurinas”.

Era la oportunidad de verle, saludarle, escucharlo, verificar todo lo que se venía diciendo de él a lo largo y ancho de México en su campaña que iba en ascenso vertiginoso.

El que esto reseña se encontraba en El Heraldo de Delicias, Chihuahua, por esos días en que Colosio Murrieta, estaría en la capital del estado para presidir un acto masivo con los priístas chihuahuenses de todos los municipios y comunidades, para acompañarlo en el gimnasio Rodrigo M. Quevedo.

De inmediato solicité el permiso del coordinador del periódico de la OEM Organización Editorial Mexicana) en la tierra de “Los vencedores del desierto”, Sergio Melgar Recinos, para estar en ese evento. Me fue concedido y partí a la capital de la entidad.

El escenario estaba abarrotado desde las cuatro calles aledañas al gimnasio y hasta el presídium mismo, pasando por la entrada principal en la que nadie más cabía, quedándose muchos afuera del lugar.

Sectores priístas, cuadros de jóvenes, seccionales como nunca los había visto en una reunión de ese partido, mujeres, niños, periodistas y otras organizaciones de la llamada sociedad civil, con pancartas, mantas y cartulinas improvisadas con mensajes y peticiones al candidato, convertían en un caos el arribo del candidato presidencial tricolor.

Con lentitud pero a paso firme, Colosio, bajito de estatura y vestido en mangas de camisa y pantalón casual, sobresalía en su trayecto del camión de campaña hacia la entrada del Rodrigo M. Quevedo, por su saludo general con el brazo derecho levantado, el cual giraba de izquierda a derecha, sin eludir a ningún contingente o persona que le hacía caravanas de bienvenida.

Entre la comitiva del PRI, fotógrafos y otros reporteros, despacio nos abrimos paso para encontrar al político y tomar algunas de las primeras impresiones de su estancia en Chihuahua. Junto a este redactor, una comisión de la entonces masiva y nutrida Organización Nacional para la Defensa del Patrimonio Familiar (ONAPPAFA), del deliciense José Guadalupe Barrios, avanzaba para interceptar a Colosio.

Como en otros lugares, todos notamos que al acercarse el candidato priísta de la “esperanza”, no era custodiado por guardias de seguridad personal, como lo habían sido muchos otros de los postulados a la Primera Magistratura de la Nación, a quienes casi nadie podía tener acceso en un espacio público abierto, sin los empujones y golpes correspondientes.

Con Colosio no sucedió eso. Avanzamos unos cuantos metros y sin codazos ni negativas de los escasos guaruras que lo escoltaban, con suma facilidad, de pronto ya estábamos frente a Luis Donaldo, informadores, fotógrafos y los dirigentes de la ONAPPAFA que no se despegaron.

¿Cómo va su campaña licenciado? Le preguntó alguien de inmediato. Otros le inquirieron sobre el levantamiento de zapatistas en el sureste, y alguno otro le dijo algo sobre sus propuestas de campaña para Chihuahua.

Luego de que el candidato respondiera a la prensa, el líder “ONAPPAFO”, Barrios, aprovechó la coyuntura y se interpuso a la paulatina marcha del abanderado tricolor hacia el Quevedo –que no terminaba por llegar ante la muchedumbre que lo interceptaba para saludarle – para hacerle un planteamiento de la organización.

Con un escrito y copias en mano, el dirigente de la agrupación le pidió a Colosio que cuando llegara a la Presidencia, hiciera todo lo posible por regularizar varios cientos de miles vehículos extranjeros que la ONAPPAFA había “censado” con la venta de los respectivos miles de engomados.

El candidato lo escuchaba con atención y tomando el documento en sus manos, comenzó a leerlo, pero al llevarse la mano derecha al pecho izquierdo de la camisa buscando un bolígrafo para firmar de recibido el texto de los “Onappafos”, Colosio se dio cuenta de que no traía pluma. Posiblemente a alguien se la había facilitado y no se la regresó.

Al ver dicha acción, este reportero, encontrándome libreta en mano tomando nota con una Mont Blanc cuyo nombre proviene de una ciudad francesa, la cual me había dispensado un candidato a gobernador del estado dos años antes, se la ofrecí al político para que signara esos papeles. La tomó y me agradeció el gesto con su acostumbrada sonrisa.

Tres segundos después me regresó la fina pluma color vino, de la estrellita blanca en la parte superior y la punta y centro en chapa de oro, la cual guardé con cierta emoción en mi bolsa y me dispuse a ingresar tras la comitiva, al recinto del evento de campaña del malogrado candidato.

Un significado especial adquiriría en lo sucesivo esa pluma, más allá de su calidad y costo, cuando dos semanas después de haber estado en Chihuahua y haber plasmado su firma con ella en aquella petición, el sonorense cayera abatido por las balas asesinas que acabaron con él, y quizá también mutilaron parte de una mejor época en la vida de los mexicanos.

Su inseparable Diana Lo siguió rápido en la muerte…

Diana Laura Riojas fue la esposa del excandidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo Colosio Murrieta y madre del político del partido Movimiento Ciudadano, Luis Donaldo Colosio Riojas, quien actualmente ostenta el cargo de alcalde de Monterrey, capital y ciudad del estado de Nuevo León, en el norte de México.

23 de marzo se cumplirá otro aniversario del asesinato del candidato priista Colosio Murrieta, aspirante a la presidencia en 1994. Falleció al ser atacado a balazos en Lomas Taurinas, Tijuana, en el estado de Baja California. El asesino fue identificado como Mario Aburto, actualmente preso en el Centro Federal de Readaptación Social de Puente Grande, Jalisco.

El magnicida cometió el atentado el 23 de marzo de 1994 bajo “circunstancias inciertas, desesperadas y posiblemente obligadas”, en palabras del propio Colosio Riojas, durante una visita al pueblo donde ocurrió el atentado contra su padre.

En vida, el candidato Colosio Murrieta dejó a su esposa Diana Laura Riojas y a sus dos hijos, Mariana y Luis Donaldo Colosio Riojas.

Diana Laura Riojas nació el 9 de septiembre de 1958 en Coahuila. Falleció el 18 de noviembre de 1994, tiempo después del asesinato de su esposo, a la edad de 36 años, en la Ciudad de México, a causa de un cáncer de páncreas.

Diana Conoció a Luis Donaldo Colosio en la Universidad Anáhuac de la Ciudad de México, capital a donde ella se había mudado para estudiar Economía. En 1984 contrajeron matrimonio.

La pareja tuvo dos hijos: Luis Donaldo Colosio Riojas, quien nació en 1985, y Mariana Colosio Riojas, quien nació en 1993. Cuando asesinaron a su padre ella apenas tenía un año de edad.

La joven, bajo el cuidado de sus tíos Hilda Elisa Riojas y Fernando Cantú, en Monterrey, decidió mantenerse alejada de los reflectores. Se alejó de las redes sociales, donde tenía una cuenta en Twitter y otra en Instagram, pero cerró la última y la primera la abandonó.

Destaca el extraño testimonio de la conductora y productora Talina Fernández, quien, de acuerdo con medios nacionales, estuvo cerca de Colosio cuando sufrió el atentado.

Al parecer, la comunicadora y ex periodista, presenció la reacción de la viuda ante el atentado. De acuerdo a sus palabras, Diana Riojas pensó que Colosio había recibido solamente un golpe en la cabeza con un palo de madera.

Fernández proporcionó un desordenado recuento de los hechos. De acuerdo con su testimonio, durante los intentos de mantener a Colosio con vida, el personal pidió un donador de sangre.

Talina Fernández se ofreció, pues su tipo de sangre era compatible con la del candidato. Sin embargo, la comunicadora contó cómo la llevaron a un sótano, donde le aplicaron cloro en su brazo, y le extrajeron medio litro de sangre.