Everardo Monroy Caracas
En lo alto de un risco escarpado, un halcón se refugiaba bajo un saliente de roca mientras el viento aullaba y la lluvia azotaba sin piedad. A su lado, una águila real, majestuosa y serena, observaba el horizonte sin inmutarse.
—¿Por qué no te escondes? —gritó el halcón, temblando—. ¡Esta tormenta nos arrojará al abismo!
—Porque el miedo no llena el buche —respondió el águila sin apartar los ojos del cielo—. Si solo piensas en huir, nunca aprenderás a volar entre las nubes oscuras.
El halcón, incrédulo, se encogió aún más. Pero el águila, extendiendo sus poderosas alas, se lanzó al viento. Batía con fuerza, ajustando cada pluma al ritmo de la tempestad, ascendiendo en lugar de dejarse arrastrar.
Horas después, cuando las nubes se abrieron, el halcón la vio regresar con un conejo entre sus garras.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó el halcón, hambriento y avergonzado.
—El esfuerzo físico sin inteligencia es como remar contra la corriente —dijo el águila—. Pero si usas la mente para entender el viento, hasta la tormenta te llevará a donde quieres ir.
Moraleja: En los momentos difíciles, no basta con agitar las alas; hay que saber hacia dónde volar.








