Buscándole…
Por: Ulises “El Griego”
“Los abrazos son para los estudiantes, los abrazos son para la gente de trabajo, para los empresarios, para los deportistas que ganan un campeonato; los abrazos son para las madres solteras, los abrazos son para las mujeres violentadas. Pero los delincuentes, los asesinos, los que matan a niños, a bebés, a mujeres embarazadas, lo único que pueden recibir son chingadazos y la aplicación del Estado de Derecho”. (Carlos Alberto Manzo Rodríguez. Michoacán de Ocampo, 9 de mayo de 1985– , † 1 de noviembre de 2025)
Cuando inicias en un nuevo empleo, tienes expectativas y metas personales, como: recibir los beneficios de tu trabajo, sobresalir en tu entorno, poner todo tu esfuerzo, conseguir desarrollarte, trascender o crecer dentro de la organización.
También la empresa tiene expectativas sobre ti, porque en tu entrevista laboral te vendiste como “muy responsable”, “con aceptación y tolerancia a la frustración” y “transparente”; por lo cual, la empresa se decantó por ti y no por otros candidatos, la empresa te brinda confianza y cree en ti, en que con tu gestión estarán bien, además de que, con la experiencia que dijiste tener, podrás llevar a la organización a mejorar, cree en tu responsabilidad y en la ética que mencionaste en la entrevista.
Parte de ser profesionales en cualquier actividad laboral y hasta personal, es aceptar cuando la “cagas” no tiene nada de malo aceptar cuando se cometen equivocaciones, somos seres humanos con virtudes y defectos; tener la responsabilidad y ética de aceptar que te equivocaste te hace ver resiliente y hasta generas más confianza.
Pero, ¿qué pasa cuando, lejos de aceptar tus errores, empiezas a lavarte las manos y a “tirar tierra”? Culpas a todos menos a ti, como: “la culpa la tiene don Lipe, un empleado que trabajó en la empresa hace 19 años, ese viejo cabrón se la pasaba pedo y era muy agresivo”; o escudándote también diciendo: “vino después de don Lipe, hace 13 años, otro güey que solo decía pendejadas, ese también es culpable”.
En este escenario, todos son culpables menos tú. La empresa está jodida por ellos, no por ti, que eres el actual responsable. ¿Entonces dónde queda tu responsabilidad?
Esta reflexión viene a tema porque, a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum, o sus asesores, no le explican que, frente al pueblo de México, la diplomacia política se debe manejar de otra manera; o bien, ella habla al chingazo sin medir muy bien sus palabras, y es que fue lamentable escuchar su discurso en torno al asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan.
En el escaparate nacional de la mañanera, cuando gran parte del país esperaba declaraciones más puntuales, replanteamiento de estrategias o, ya siendo optimistas, la aceptación de algunas omisiones… no. Lo que hizo fue empezar a echar culpas: primero a la derecha, a los críticos, a Felipe Calderón, a Peña Nieto… ¡sí, esos expresidentes que ya tienen años fuera del gobierno! Cuando hoy la responsabilidad es de ella.
Y después escaló a lo que algunos hasta llamaron coartar la libertad de expresión, porque comentó que ordenó —hasta con un tono autoritario— investigar cuentas en redes sociales, ya que “está muy raro que hablen mal de ella”, que “está mal que critiquen al gobierno”, que “están ensuciando su imagen”. Como si la prioridad fuera investigar todo, menos lo del homicidio de Manzo.
Presidenta, se conoce que existen los bots, se sabe que la derecha iba a hacer leña de este evento; conocemos que hay comentaristas y analistas políticos a modo; se sabe que sus adversarios políticos se disfrazan de asociaciones civiles, era obvio que iban a salir cantidad de grupos pagados, marchando contra el gobierno y usando a Manzo como pretexto. Pero también hay tiempos y formas de expresar lo que ya se sabe, y no en medio de un asesinato que no solo dolió en Michoacán, sino en todo el país.
Y no es la primera vez que le gana lo visceral a la presidenta; ya van varias veces que pierde la diplomacia del discurso, en el escenario de la mañanera, no me quiero imaginar cómo es detrás de este, con sus colaboradores.
En fin, este pobre ciudadano del reino llamado estado grande, se despide haciendo una reflexión: creo que la investidura presidencial no se define con pretextos, sino que se honra con resultados y responsabilidad.
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