Luz Estela “Lucha” Castro
Como activista de toda la vida, he participado en innumerables luchas: marchas, tomas de puentes internacionales, plantones para denunciar fraudes electorales, acciones barzonistas contra la usura bancaria, movilizaciones contra las desapariciones forzadas, los feminicidios y un largo etcétera en más de 40 años de trabajo como defensora de derechos humanos.
Por eso, cuando vi la convocatoria de jóvenes que se presentaban como Generación Z para salir a las calles el 15 de noviembre, sentí simpatía.
Siempre es alentador ver que las juventudes deciden alzar la voz sobre lo que consideran importante.
Sin embargo, conforme seguí la forma en que la convocatoria se estaba “viralizando”, comenzó a crecer en mí una duda razonable: algo no encajaba.
Quienes hemos caminado las calles sabemos que la infiltración, la cooptación y la manipulación siempre están presentes como riesgos. Y aunque esperaba que este movimiento fuese realmente orgánico, el periodismo de investigación de Milenio terminó por confirmar mis sospechas.
¿Qué reveló Milenio sobre la #MarchaZ?
La convocatoria fue impulsada por alrededor de 8 millones de cuentas tipo bot, mostrando un comportamiento claramente inorgánico.
Las cuentas operan desde el extranjero y están vinculadas a empresas mediáticas, actores de la derecha mexicana y grupos empresariales.
La amplificación del movimiento habría requerido una inversión aproximada de 90 millones de pesos durante octubre y noviembre.
Participación de Atlas Network, una red internacional asociada a proyectos políticos conservadores.
¿A quién le conviene presentar un movimiento aparentemente juvenil cuando su arquitectura digital apunta a intereses políticos de derecha?
¿Qué implicaciones tiene esto para nuestra vida democrática y para la estabilidad del país?
Comparto esta reflexión porque existen temores fundados de que detrás de un llamado juvenil legítimo se estén moviendo intereses que buscan desestabilizar al gobierno, manipular la opinión pública y abrir la puerta a agendas externas, incluso a la influencia directa de Estados Unidos.
No es la primera vez que sucede en México ni en América Latina, y la historia nos obliga a mirar con atención crítica estos procesos








